«LA VIDA NO TIENE SENTIDO SIN TI»

Mayo 6, 2008


por el Hermano Pablo

«Quiero un pasaje de ida solamente, para Londres.» Así dijo en la agencia de viajes de Melbourne, Australia, Neil Browne, hombre de treinta años de edad.

Cuando abordó el avión y comenzó el vuelo, Neil se mostró sereno. Su rostro no reflejaba ni pena ni alegría, ni angustia ni temor, sino solamente la expresión del que ha tomado una decisión definitiva, la de poner fin a sus días.

Cuando llegó a Gales, punto final de su viaje, Neil cerró herméticamente las puertas de su auto, dejó el motor en marcha y se dejó morir asfixiado por el monóxido de carbono. En las manos tenía las fotografías de él y de su novia, y un mechón de los cabellos de ella. Tres días antes, su novia también se había suicidado, por ser imposible el casamiento de los dos.

He aquí otro caso de «pacto suicida», común entre muchos enamorados desde los tiempos de Romeo y Julieta, y otro doble suicidio de jóvenes que se suma a los miles que se producen semanalmente.

Neil Browne y Susan Pritchard se habían conocido en 1980 en Gales, Inglaterra. Se enamoraron y se juraron amor, eterno. La boda iba a realizarse en 1984, pero por desavenencias familiares, la joven no podía viajar a Australia. Por eso se suicidó arrojándose a las aguas de un río. Neil la siguió en el pacto suicida poco después.

«La vida no tiene sentido sin ti», se escribieron los dos enamorados. Para ellos la vida consistía en estar unidos; en vivir siempre juntos, ya fuera como pobres o ricos; en mirarse y escucharse cada día; y en compartir todas las cosas, todos los momentos, todos los sentimientos, todas las ilusiones y todos los pensamientos.

Si eso no se podía realizar, era mejor morir, porque sin eso la vida carecería de importancia, de sentido y de estímulo.

Es precisamente esto último que Cristo demanda de aquellos que desean hacerse sus discípulos: un amor eterno, que no se satisface con nada de este mundo sino con la presencia permanente y la comunión con el Ser amado. Cristo recompensa ese amor, esa devoción y consagración a Él, con la más grande de las bendiciones para las cuales fue creado el ser humano: conocerlo, amarlo y servirle como su Señor y Salvador.

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«TÚ Y EL EXTRANJERO SON IGUALES»

Mayo 5, 2008


Un Mensaje a la Conciencia


por Carlos Rey

El cinco de mayo los mexicanos celebran en todo el mundo el día de la Batalla de Puebla, en la que su ejército derrotó al ejército francés. Aquella batalla simboliza el espíritu de lucha y el amor a la independencia que caracterizan al pueblo mexicano. Pero esa batalla del cinco de mayo de 1862 contribuyó también a derribar las barreras del prejuicio racial que caracteriza a muchos pueblos.

«Suele usarse la palabra raza para clasificar a los seres humanos según sus características físicas, pero este concepto es absolutamente anticientífico, ya que hay una sola raza humana —comenta un estudiante mexicano—. Todos los seres humanos somos iguales, pero lamentablemente los que tienen piel blanca siempre se han considerado superiores a los de piel oscura. Esta absurda idea fue la causa del profundo desprecio que los franceses sentían por los mexicanos. A fines de abril de 1862, el general Lorencez le envió una carta al Ministro de Guerra de Francia, el mariscal Randón, en la que le pedía que le informara al Emperador Napoleón III que la victoria era segura, pues los franceses pertenecían a una raza muy superior a la de los mexicanos y no tendrían que esforzarse mucho para vencerlos. No pasaron muchos días antes de que el orgulloso general sufriera la amargura de la derrota infligida por aquellos hombres de piel morena que tanto menospreciaba.

»Entre estos hombres valerosos se encontraban los zacapoaxtlas, indígenas del estado de Puebla que se ofrecieron como voluntarios para combatir a los invasores. Era asombroso el contraste entre un soldado francés, con elegante uniforme, botas de piel, arma de fuego, bien entrenado y sumamente disciplinado, y un zacapoaxtla, vestido con sencillez, descalzo o con huaraches, luchando con machetes o lanzas, y sin la menor preparación. Pero a pesar de la gran superioridad militar de los franceses, los zacapoaxtlas les demostrarían que su oscura piel no los hacía seres inferiores.

»El ejército francés era considerado entonces el mejor del mundo…. estaba compuesto por seis mil soldados, mientras que el Ejército de Oriente apenas llegaba a los cuatro mil…. En tres ocasiones las columnas imperiales atacaron los fuertes de Loreto y Guadalupe, y tres veces fueron heroicamente rechazadas. Se destacaron en la batalla los indígenas zacapoaxtlas de la Sierra de Puebla, quienes en combate cuerpo a cuerpo hicieron retroceder a los altivos “zuavos”.

»…Esta gran victoria obtenida contra otro grupo de abusivos y oportunistas extranjeros llenó de júbilo al pueblo de México…. Aunque apenas un año más tarde los franceses nos ganaron —concluye el mencionado estudiante mexicano— pudimos decir, como en el fútbol: “Sí se puede”, y eso nos devolvió nuestro orgullo y nuestro honor.» 1

Gracias a Dios, a diferencia de los endiosados franceses de aquel entonces, Él jamás ha juzgado a ningún ser humano como inferior a otro. Al contrario, Él le ordenó a Moisés que le dijera a su pueblo: «Tú y el extranjero son iguales ante el Señor, así que la misma ley y el mismo derecho regirán, tanto para ti como para el extranjero que viva contigo.» 2 Porque Dios no juzga por las apariencias 3 sino con justicia, así como su Hijo Jesucristo nos exhorta a que hagamos todos, 4 cualesquiera que sean el color de nuestra piel y nuestros colores nacionales.


1 «Batalla del 5 de mayo de 1862», Enviado por LFPando En línea 8 diciembre 2006.
2 Nm 15:1,2,15,16
3 Gá 2:6
4 Jn 7:24

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MÁS ALLÁ DE LAS CICATRICES

Abril 17, 2008
por Carlos Rey

Carlos Phillips se casó con la muchacha más linda de su pueblo. Para su luna de miel se embarcó con ella en un hermoso yate. Habían transcurrido sólo cuatro días de viaje cuando hubo un horrible incendio. La conflagración fue de tales proporciones que muchos murieron y otros sufrieron graves quemaduras. El yate se hundió, pero algunos lograron salvarse en los botes salvavidas. Uno de ellos fue Carlos Phillips. Lamentablemente no se supo nada de su esposa.

El dolor y la tristeza embargaron el corazón de Carlos, pero tuvo que aceptar su suerte. Se dedicó de lleno a su negocio, y en unos tres años había prosperado bastante. Con esos nuevos recursos decidió investigar la suerte que había corrido su amada. Contrató los servicios de un detective privado para que averiguara lo que pudiera acerca de su esposa desaparecida. El detective descubrió que una joven con el rostro desfigurado por cicatrices había sido rescatada, así que se dio a la tarea de encontrarla. Por fin la halló en una casa a pocas cuadras de la fábrica de Phillips, donde había estado trabajando como empleada doméstica. No había duda: era la esposa de Phillips. La desdichada mujer había aceptado ese empleo porque sabía que así podría, aunque fuera a distancia, ver al hombre a quien amaba tanto.

Después de derramar muchas lágrimas, se vieron otra vez cara a cara.

—¿Por qué te escondiste, mi amor? —le preguntó Carlos.

—Por estas cicatrices —respondió sencillamente ella.

—¿No sabías que estaba loco por verte? —insistió él.

—Es que no soportaba que me vieras así —contestó cabizbaja—. Pensé que sería muy grande tu desilusión.

La esposa de Carlos Phillips ignoraba que el amor de su esposo no era superficial. La pobre mujer se imaginaba que era como el amor de los demás hombres que ella había conocido. No contempló la posibilidad de que fuera un amor incondicional, y por lo tanto divino, ya que así es el amor de Dios. Aunque hasta ahora no se nos haya ocurrido, muchos de nosotros somos iguales que ella. Pues así como ella ignoraba que era incondicional el amor del hombre con quien se había casado, también muchos ignoramos lo incondicional que es el amor del Dios-hombre, Jesucristo, que nos ama como a una esposa.

Al igual que las quemaduras en el cuerpo de la esposa de Phillips, el pecado ha dejado cicatrices en nuestra vida, cicatrices que sin duda nos traen vergüenza. Pero Cristo nos aseguró que vino al mundo a buscar y a salvar lo que se había perdido, pues no son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos.1 Nuestro pasado no lo espanta ni lo confunde. Su amor es más profundo que las cicatrices de nuestro pecado. Dejemos, pues, de tratar de ocultárselas. De todos modos, a Él no se le puede ocultar nada. Corramos más bien a su encuentro. Cristo ve mucho más allá de nuestras cicatrices, y anhela vernos tal como somos, hasta el punto de haber dado su vida para que eso sea posible.
1 Lc 5:31‑32; 19:10


«SI SE ENOJAN, NO PEQUEN»

Abril 14, 2008

por Carlos Rey

Primero fue un gato. Voló por los aires desde un quinto piso en Nueva York. Al caer al suelo, no le valieron para nada sus siete vidas. Las perdió todas de un solo golpe. Después fue un perro. Voló por los aires desde el mismo balcón, y también halló la muerte al estrellarse contra el pavimento.

«El próximo en salir volando será uno de ustedes», anunció llena de rabia Jessica Sánchez. Era madre de tres niños, mujer iracunda, frustrada, acosada por las necesidades y la pobreza. Cuando su esposo Tomás dormía profundamente, tomó a su hijita Raquel, de dos años, y la arrojó por la misma ventana, hacia el mismo piso de cemento, hacia la misma muerte.

¿Qué atrocidades no se cometerán debido a la ira, la rabia concentrada? Jessica Sánchez había ido acumulando ira y despecho con los años. La estrechez del apartamento en que vivía, el escaso salario del esposo, el calor insoportable de un edificio sin aire acondicionado, y los continuos problemas que le provocaban sus tres niños fueron cargando pólvora en la psiquis de la mujer.

Cuando la ira enceguece la razón, enloquece a la persona a la que domina. Por eso los antiguos griegos decían: «La ira es una locura breve.» ¡Lástima que esa breve locura produzca la muerte!

La ira es una pasión natural del alma humana, pero hay que dominarla. Porque la ira descontrolada y desenfrenada es como serpientes de cascabel en un jardín infantil. Tarde o temprano esas serpientes harán daño.

El hecho atroz que cometió Jessica Sánchez no fue cuestión del momento. Se debió a algo que se venía gestando desde tiempo atrás, desde la primera frustración y el primer desencanto de su vida. Porque el enojo repentino, por lo general, no es más que el estallido del combustible de irritación almacenado en la bodega del interior del ser humano.

Al parecer, el apóstol Pablo estaba consciente de esto. En su carta a los efesios, dice: «“Si se enojan, no pequen.” No dejen que el sol se ponga estando aún enojados.» 1 Dando por sentado que de vez en cuando todos sentimos enojo, nos da a entender que no debemos disimularlo sino disiparlo, no sea que ofendamos al que es objeto de esa ira. Y para disiparlo, basta con que determinemos no acostarnos de noche sin antes arreglar cuentas con cualquiera que haya sido blanco de nuestro enojo. «Abandonen toda amargura, ira y enojo… y toda forma de malicia —nos exhorta el apóstol—. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.» 2

Ahí está la clave: aprender a perdonar así como perdona Dios, hasta al que menos merece el perdón. «Por tanto —concluye San Pablo— imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.» 3





1 Ef 4:26
2 Ef 4:31,32
3 Ef 5:1,2

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UN FALSO CONCEPTO DE MADUREZ

Enero 23, 2008


por el Hermano Pablo
Era ya tarde, y Dolores Jackson estaba preparando la cena. De repente, Janet, de dieciséis años de edad, y Pámela, de diez, hijas de Dolores, entraron muy exaltadas a la casa. Inicialmente Dolores no entendía lo que decían.

Las dos chicas hablaban a la vez sobre un envoltorio que traían. Cuando la madre logró que hicieran silencio, pudo darse cuenta de qué se trataba. Las chicas tenían consigo a un bebé de escasas horas de nacido, envuelto en una frazada. «Lo encontramos en la puerta de la iglesia —explicó Pámela—. Está frío y llora mucho.»

La madre le dio un biberón al chiquillo. Luego llamó a la policía, que se encargó de que lo llevaran al hospital, mientras averiguaba quién era la madre o el padre.

Esa noche la hija mayor, Janet, lloraba desconsoladamente. «¡Si el niño muere, yo tendré la culpa!», decía entre lágrimas incontenibles. Y apremiada a preguntas por su madre, Janet confesó la verdad. ¡Ella era la madre del niño! Durante los nueve meses, Janet había ocultado su embarazo.

Cada día aumenta el número de niñas de doce, catorce y dieciséis años de edad que, sin comprender en absoluto el valor del matrimonio, traen a esta vida criaturitas indefensas. Éstas arriban sin padre, sin hogar, sin calor familiar y sin esperanza.

En una encuesta entre estudiantes en la ciudad donde ocurrió este caso, todas dijeron que tener un hijo a los catorce o quince años de edad era una manera de sentirse mayores y de ingresar con orgullo al mundo de los adultos.

En definitiva, la moral de nuestra sociedad va en descenso. Ya no se considera la virginidad como una virtud. ¿Dónde está el valor de la castidad antes y después del matrimonio? ¿Y qué de la dignidad de la joven pura? Según la mencionada encuesta, hoy en día el ser madre soltera es motivo de orgullo.

Lo triste, lo atroz, es que aunque no nos importe el aspecto moral de tales acciones, de todos modos sufrimos las consecuencias al infringir leyes que nosotros desdeñamos o decimos que no existen. Es que son leyes morales eternas cuya infracción se convierte en su propio castigo. Una gran parte de nuestros dolores en la vida viene por no honrar las leyes morales de Dios.

Por eso es tan importante que cada joven y cada señorita, por su propio bien y el de toda su progenie, reconozca las leyes morales de Dios. Eso es posible cuando Jesucristo es nuestro Señor. Invitémoslo a que sea el Dueño de nuestra vida. Sólo así podremos vivir en paz y en armonía con nosotros mismos y con Dios.

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