¿QUÉ HA PASADO CON LA DOCTRINA DEL ARREPENTIMIENTO?

Abril 17, 2008

El mensaje bíblico del arrepentimiento, duro de oír, “dura es esta palabra ¿quién la podrá oír? “ ha sido sustituido por el anuncio más suave del “solo cree, al que cree todo le es posible” “recibe a Cristo en tu corazón y serás salvo tú y tu casa. Este mensaje es, digamos, más aceptable, más fácil de aceptar. En otras palabras, hasta incluso nos parece que no es de extrañar que haya tantas aceptaciones del Señor Jesucristo, pues es cosa fácil el hacerlo y así ha quedado con este engaño del espíritu del mal, establecida la doctrina de “ la aceptación” como fundamento de la conversión y claro, como no es así, estas conversiones son falsas. La conversión verdadera no es en modo alguno fruto de una decisión, sino, y en todo caso lo es de una invocación y esto contemplando exclusivamente el aspecto humano de ella. La decisión tan predicada, puede ser fría, pero la invocación sale de lo profundo del alma, cuando uno se siente perdido, irremediablemente perdido, situación a la que conduce el mensaje quebrantador de la Ley seguido del del arrepentimiento. Solo la Ley nos conduce, cual ayo, a Cristo Jesús, el Salvador del perdido, de aquel que se siente perdido. El mensaje inductor de este escrito cita a Juan el Bautista muy acertadamente, quien con su mensaje trata de preparar el camino del arrepentimiento serio, real, no superficial de los corazones que le salían a oír en el desierto. Jesús, el que venía detrás del precursor Juan, también anuncia el mismo mensaje del arrepentimiento y sin ninguna clase de paliativos declara a los confiados “hijos de Abraham” la misma necesidad. Tanto es así que habló muy contundentemente, ya más adelantado el tiempo de su ministerio, a unos que le contaban acerca de ciertos galileos, y se extendió de “motu propio” mencionándoles lo que había ocurrido a aquellos dieciocho que unos y otros e incluso ellos mismos, los que dieron lugar con su comentario a la respuesta de Jesús que perecerían igualmente si no se arrepentían. (Lc. 13:1-5) De la lectura de Hechos 16:20-38 se deduce que los temores del carcelero se debían a la responsabilidad que los magistrados habían puesto sobre sus espaldas en relación con la seguridad encargada: “que los guardase con diligencia”. Él respondía con su vida y vio solo en el suicidio la manera de escapar delante de sus superiores. Él había hecho lo que debía; “los metió en la carcel de más adentro y les apretó los pies en el cepo”. Es evidente que Pablo y Silas que, sueltos, salen al exterior a encontrar al carcelero, le anuncian que no se haga ningún daño, que en su salida corroboran han visto que todos los encarcelados se hallan en sus celdas. Por tanto es evidente que los temblores del carcelero y su súplica son de origen espiritual. Por su vida no debe temer. La salvación que invoca no puede ser otra que la de su alma. Su corazón está quebrantado, roto por sus pecados y siente su condenación, su propia condenación y, hasta incluso parece ser que la de los suyos, los de su casa. ¿No se convirtieron todos? ¿Se convirtieron sin sentir sus pecados? No puede ser. El mensaje de Pablo y Silas consistía en el anuncio del camino de salud, de salvación y el carcelero debía de tener conocimiento de este mensaje y sin duda que había sido objeto de comentarios, de vivos debates con los suyos. ¿Porqué digo esto? Porque el mensaje de Pablo, basado en el arrepentimiento trataba de conducir a las almas a ese arrepentimiento del pecado. Fijaos bien; leed Mat.19:16-26. A la pregunta del joven rico, en esencia la del carcelero es similar, Jesús le predica la ley que el joven conoce y que no había producido en él el efecto para el que ha sido promulgada, que es el de quebrantar el corazón, el joven no está preparado para recibir el evangelio, recibir en otras palabras al Maestro a quien interpela. Es verdad que el Maestro después sí se anuncia a sí mismo, pero solo lo hace cuando su apelación a la ley, en su expresión más sencilla, es decir en relación a solo sus aspectos menos íntimos, pues solo le cita los cinco mandamientos que tienen que ver con nuestro trato con nuestros congéneres, cuando su apelación a la ley, digo, parece ha hecho efecto en su corazón, pues “se fue triste, es entonces cuando y no antes, que se anuncia Jesús a sí mismo.. Al carcelero, Pablo no le anuncia la ley, no hace falta, su corazón ya está quebrantado, solo cabe anunciarle el bálsamo de Galaad, el bálsamo del Evangelio, el bálsamo del dulce nombre de Jesús, el Salvador. Martín Lutero, vio su alma iluminada por un gran rayo de luz cuando, traduciendo el Nuevo Testamento del griego al alemán, descubrió que la palabra traducida hasta entonces en las Biblias por penitencia, era no penitencia sino arrepentimiento con un significado más profundo. Arrepentimiento era el sentimiento que experimenta aquel que tiene el corazón roto, quebrantado, herido por el zarpazo del pecado. La iglesia católica, mejor dicho algunos de sus teólogos más preclaros, hacen una precisión muy clara cuando dividen la experiencia del arrepentimiento en dos clases; dicen que hay un dolor de contrición o perfecto, y otro de atrición o imperfecto. Este segundo no vale, bien claro lo deja el texto de 2ª Cor. 7:10. El dolor o arrepentimiento perfecto o de contrición, viene de Dios, porque produce arrepentimiento saludable del que no hay que arrepentirse, pero el dolor o arrepentimiento imperfecto o de atrición (carente de contrición) produce muerte, porque no es arrepentimiento verdadero, sino engañoso, que más merece el nombre de “remordimiento” . Martín Lutero se dio cuenta de que penitencia daba la idea de castigo. En castellano, nuestro idioma, existe la frase de que “en el pecado va la penitencia, es decir el castigo” pero nunca sería correcto decir que en el pecado va el arrepentimiento, porque arrepentimiento, no es castigo, sino un sentimiento de pesar muy intimo. Preguntamos: ¿no fue este falso arrepentimiento el de Saúl, el de Herodes que mató a Juan el Bautista, y el de Judas Iscariote? ¿Llegó acaso Pilatos al arrepentimiento a pesar de sus esfuerzos por salvar el Salvador?. Ni dolor sin contrición, ni buena voluntad llevan a la conversión, si aquel, el dolor o la otra, la buena voluntad, si el uno ni la otra son obra de Dios. La obra de Dios es “que creáis” (Juan 6:28-29) y si vuestra fe no viene de Dios “vuestra fe es vana y vacíos sois de Cristo” Examinaos bien y desconfiad de vosotros mismos.

FUENTE


MÁS ALLÁ DE LAS CICATRICES

Abril 17, 2008
por Carlos Rey

Carlos Phillips se casó con la muchacha más linda de su pueblo. Para su luna de miel se embarcó con ella en un hermoso yate. Habían transcurrido sólo cuatro días de viaje cuando hubo un horrible incendio. La conflagración fue de tales proporciones que muchos murieron y otros sufrieron graves quemaduras. El yate se hundió, pero algunos lograron salvarse en los botes salvavidas. Uno de ellos fue Carlos Phillips. Lamentablemente no se supo nada de su esposa.

El dolor y la tristeza embargaron el corazón de Carlos, pero tuvo que aceptar su suerte. Se dedicó de lleno a su negocio, y en unos tres años había prosperado bastante. Con esos nuevos recursos decidió investigar la suerte que había corrido su amada. Contrató los servicios de un detective privado para que averiguara lo que pudiera acerca de su esposa desaparecida. El detective descubrió que una joven con el rostro desfigurado por cicatrices había sido rescatada, así que se dio a la tarea de encontrarla. Por fin la halló en una casa a pocas cuadras de la fábrica de Phillips, donde había estado trabajando como empleada doméstica. No había duda: era la esposa de Phillips. La desdichada mujer había aceptado ese empleo porque sabía que así podría, aunque fuera a distancia, ver al hombre a quien amaba tanto.

Después de derramar muchas lágrimas, se vieron otra vez cara a cara.

—¿Por qué te escondiste, mi amor? —le preguntó Carlos.

—Por estas cicatrices —respondió sencillamente ella.

—¿No sabías que estaba loco por verte? —insistió él.

—Es que no soportaba que me vieras así —contestó cabizbaja—. Pensé que sería muy grande tu desilusión.

La esposa de Carlos Phillips ignoraba que el amor de su esposo no era superficial. La pobre mujer se imaginaba que era como el amor de los demás hombres que ella había conocido. No contempló la posibilidad de que fuera un amor incondicional, y por lo tanto divino, ya que así es el amor de Dios. Aunque hasta ahora no se nos haya ocurrido, muchos de nosotros somos iguales que ella. Pues así como ella ignoraba que era incondicional el amor del hombre con quien se había casado, también muchos ignoramos lo incondicional que es el amor del Dios-hombre, Jesucristo, que nos ama como a una esposa.

Al igual que las quemaduras en el cuerpo de la esposa de Phillips, el pecado ha dejado cicatrices en nuestra vida, cicatrices que sin duda nos traen vergüenza. Pero Cristo nos aseguró que vino al mundo a buscar y a salvar lo que se había perdido, pues no son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos.1 Nuestro pasado no lo espanta ni lo confunde. Su amor es más profundo que las cicatrices de nuestro pecado. Dejemos, pues, de tratar de ocultárselas. De todos modos, a Él no se le puede ocultar nada. Corramos más bien a su encuentro. Cristo ve mucho más allá de nuestras cicatrices, y anhela vernos tal como somos, hasta el punto de haber dado su vida para que eso sea posible.
1 Lc 5:31‑32; 19:10