Disciplina

Enero 23, 2008


Hebreos 12 (Reina-Valera 1960)

Puestos los ojos en Jesús

1 Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

3 Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

4 Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado;

5 y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo:
Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor,
Ni desmayes cuando eres reprendido por él;

6 Porque el Señor al que ama, disciplina,
Y azota a todo el que recibe por hijo.(A) m

7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?

8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.

9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?

10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.

11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Los que rechazan la gracia de Dios

12 Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas;(B)

13 y haced sendas derechas para vuestros pies,(C) para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.

14 Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

15 Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura,(D) os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;

16 no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.(E)

17 Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.(F)

18 Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad,

19 al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más,(G)

20 porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo;(H)

21 y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando;(I)

22 sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles,

23 a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos,

24 a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.(J)

25 Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra,(K) mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos.

26 La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo.(L)

27 Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.

28 Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;

29 porque nuestro Dios es fuego consumidor.(M)

Reflexión:

Nosotros debemos ser disciplinados en todo lo que hacemos, hay mucha gente mirando nuestro actuar. Debemos ser pacientes en las pruebas y tentaciones, venciéndolas y poniendo los ojos en el señor JESÚS, él fue tentado en todo pero sin pecado. No debemos pisar la sangre de JESÚS, no debemos de renunciar a DIOS cuando él nos disciplina, que buen padre no lo hace? Él nos ama y por eso tenemos ese privilegio de tener el mejor padre de todos en la tarea de hacernos volver del mal camino. No digo con esto que siempre vayamos pecando deliberadamente no! digo que cuando hemos caído el nos endereza reda rguyéndonos de pecado amorosamente, la cuestión es que si se persevera en el mismo pecado que podremos decirle a DIOS? Debemos de aceptar la exhortación de DIOS la cual cuando la tomamos para bien, esta nos da vida eterna.

DIOS utiliza muchos medios para hacernos volver del pecado, hermanos, su palabra, etc. A los que aun no le conocen los llama de muchos maneras y les muestra esa vida que llevan, para que se vuelvan de su mal camino. Muchos rechazan tan grande ofrecimiento que les pesara en la eternidad, hasta hermanos que se van por mal camino, ya que habiendo conocido el camino de la justicia lo rechazaron peor será para ellos.

Desmayar cuando él nos disciplina, rechazamos entonces su gracia y amor. Cuando él lo hace llega después el fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Que afortunado somos de ser hijos de DIOS, tenemos el mejor padre del universo.

Cuando en mi caso he sido disciplinado por el señor me he quejado, pero después he tenido que pedirle perdón y comprender que él es perfecto y es el mejor para hacer ese trabajo, él sabe llevarnos por un buen camino y debemos confiar y obedecerle.

DIOS los bendiga su hermano en CRISTO c.c.


UN FALSO CONCEPTO DE MADUREZ

Enero 23, 2008


por el Hermano Pablo
Era ya tarde, y Dolores Jackson estaba preparando la cena. De repente, Janet, de dieciséis años de edad, y Pámela, de diez, hijas de Dolores, entraron muy exaltadas a la casa. Inicialmente Dolores no entendía lo que decían.

Las dos chicas hablaban a la vez sobre un envoltorio que traían. Cuando la madre logró que hicieran silencio, pudo darse cuenta de qué se trataba. Las chicas tenían consigo a un bebé de escasas horas de nacido, envuelto en una frazada. «Lo encontramos en la puerta de la iglesia —explicó Pámela—. Está frío y llora mucho.»

La madre le dio un biberón al chiquillo. Luego llamó a la policía, que se encargó de que lo llevaran al hospital, mientras averiguaba quién era la madre o el padre.

Esa noche la hija mayor, Janet, lloraba desconsoladamente. «¡Si el niño muere, yo tendré la culpa!», decía entre lágrimas incontenibles. Y apremiada a preguntas por su madre, Janet confesó la verdad. ¡Ella era la madre del niño! Durante los nueve meses, Janet había ocultado su embarazo.

Cada día aumenta el número de niñas de doce, catorce y dieciséis años de edad que, sin comprender en absoluto el valor del matrimonio, traen a esta vida criaturitas indefensas. Éstas arriban sin padre, sin hogar, sin calor familiar y sin esperanza.

En una encuesta entre estudiantes en la ciudad donde ocurrió este caso, todas dijeron que tener un hijo a los catorce o quince años de edad era una manera de sentirse mayores y de ingresar con orgullo al mundo de los adultos.

En definitiva, la moral de nuestra sociedad va en descenso. Ya no se considera la virginidad como una virtud. ¿Dónde está el valor de la castidad antes y después del matrimonio? ¿Y qué de la dignidad de la joven pura? Según la mencionada encuesta, hoy en día el ser madre soltera es motivo de orgullo.

Lo triste, lo atroz, es que aunque no nos importe el aspecto moral de tales acciones, de todos modos sufrimos las consecuencias al infringir leyes que nosotros desdeñamos o decimos que no existen. Es que son leyes morales eternas cuya infracción se convierte en su propio castigo. Una gran parte de nuestros dolores en la vida viene por no honrar las leyes morales de Dios.

Por eso es tan importante que cada joven y cada señorita, por su propio bien y el de toda su progenie, reconozca las leyes morales de Dios. Eso es posible cuando Jesucristo es nuestro Señor. Invitémoslo a que sea el Dueño de nuestra vida. Sólo así podremos vivir en paz y en armonía con nosotros mismos y con Dios.

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